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Capítulo 13: La Guarida del Monstruo

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Video: -tbYGjb8kpc Líneas principales: Lunaria, Benjamín, Luis, Petyr (flashback 1541), Adam


La alcantarilla de Petyr

La noche anterior, Petyr había seguido a Lex y a Lunaria en silencio hasta el refugio subterráneo. Su nariz Nosferatu captó el tufo del sótano mucho antes de que los otros abrieran la puerta: óxido, humedad, y algo más denso debajo de todo. Algo que no era polvo.

Necesitaba un escondrijo cercano para pasar el día sin alejarse de sus objetivos. Tiró la suerte — un solo éxito, suficiente — y encontró una alcantarilla estrecha a media cuadra, lo justo para estar de pie con la espalda contra el hormigón y la cabeza gacha. Sin luz. Sin ruidos salvo el goteo constante de agua negra.

Ahí esperó el alba, inmóvil como un animal que sabe que no puede permitirse moverse.


Lunaria: lo que encontró debajo del polvo

De día, mientras Petyr dormía en su grieta y Lex en su ataúd, Lunaria se quedó sola en la bodega subterránea.

Había decidido limpiar.

Era un gesto que arrancaba de algún lugar que no quería examinar demasiado — quizás el instinto de poner orden en el único espacio que su profesor tenía, quizás la necesidad de hacer algo concreto en un mundo donde nada era concreto ya. Se ató el pelo, enrolló las mangas y empezó a barrer.

No se había barrido en fácilmente tres años.

El polvo se levantó en columnas grises que le taparon la nariz y los ojos. Estornudó cuatro veces seguidas, se limpió la cara con el dorso de la mano, y siguió. Debajo de la primera capa de suciedad encontró otra. Debajo de esa, otra.

Y entonces lo encontró.

Manchas de sangre. No una, no dos — una constelación oscura que alguien había intentado cubrir con polvo y tiempo y olvido. Manchas antiguas, secas, pero inconfundibles en su forma, en el patrón de salpicadura, en el color café que la sangre adopta cuando lleva años muerta sobre el cemento.

Lunaria se detuvo. Respiró.

Siguió barriendo.

Detrás de una cocina que nunca había funcionado — un artefacto llevado ahí por alguna razón que solo Lex entendería, quizás esa búsqueda desesperada de semblanza de humanidad en un espacio que no era humano para nada — encontró los huesos.

Pequeños. Con carne carcomida todavía adherida en algunas partes, ennegrecida y cuarteada por el tiempo. No los de un animal.

Se los quedó mirando más tiempo del que debería, con la escoba en la mano y el estómago apretado como un puño.

Este es el hogar de tu amigo, pensó. Las personas que estuvieron aquí antes que tú dejaron estas marcas.

Había otros mortales en esta bodega. Había habido. Y lo único que quedaba de ellos era esto: montañas de mugre rosada, de sangre coagulada, de huesos con carne carcomida olvidados detrás de una cocina que nunca funcionó. Y señales de forcejeo. Señales de alguien que se había defendido de un monstruo con todo lo que tenía.

Señales de alguien que había usado uñas y dientes para defender su vida.

Fue la uña lo que la rompió.

Estaba en la pared. Una uña humana completa, arrancada por la raíz, incrustada en el concreto como si alguien hubiera arrastrado la mano entera por la superficie intentando aferrarse a algo, a lo que fuera. La uña seguía ahí. Seguía, de algún modo inexplicable que Lunaria no quiso entender, levemente húmeda.

Recogió apenas un trozo de mandíbula de tamaño pequeño sosteniéndolo con un pedazo de toalla nova, sin tocarlo con los dedos directamente, y lo metió en una bolsa de basura. Después se dio cuenta de que los dedos le olían de todas formas. Ese olor penetrante a putrefacción de carne humana que se pega a las yemas, que se mete en los surcos de las huellas digitales y no sale con agua. Cada vez que se tocó la nariz o los ojos durante el resto del día, el olor estaba ahí. Los huesos le durarían días en las manos aunque no los tocara más.

Fue al bidón de agua que Lex guardaba en un rincón. Verde por arriba, con algo de vegetación en la superficie. Se lavó las manos dos veces, tres veces. El olor siguió.

Caminó hacia las puertas metálicas del sótano — esas puertas de metal que se abren en diagonal hacia arriba, como las de los refugios antiaéreos — y las abrió de par en par. La luz del día la golpeó en la cara. Una brisa de aire fresco. Olió a ciudad, a escape de bus, a fritanga de algún negocio cercano, y todo eso fue mejor que lo que había dejado atrás.

Se quedó parada en el umbral, en el límite entre la bodega y el mundo, respirando.


Benjamín, Isaac y Luis: el Bar Sakuragi


Bar Sakuragi — Benjamín detecta a los depredadores entre las luces de neón

Estaba amaneciendo en el Loft cuando Luis tomó la decisión.

— A esta hora tiene que estar en el after — dijo, con esa seguridad absoluta de alguien que conoce los hábitos de otra persona demasiado bien —. Tiene que estar en el Sakuragi.

Benjamín lo miró. No dijo nada. Iba a tener que ponerse ropa de bar.

Le pidió a Isaac algo de ropa — la suya no era para andar de after — y terminó con lo que Isaac tenía: una camisa ranchera negra con líneas doradas y botas café con punta. El narrador tomó nota del resultado con una sequedad implacable: ahí quedaste con el outfit ranchero.

Llegaron al Bar Sakuragi cuando el after estaba en plena vigencia. Un bartender moreno alto, con el acento marcado del Caribe, los recibió desde el otro lado de la barra con la calidez directa de alguien que ha visto de todo:

— ¿Qué vas a querer, mamá huevo?

— Un shop de 500 — dijo Benjamín.

Mientras esperaba, tiró ocultismo + percepción. Tres éxitos. El bar cobró una textura distinta, como cuando los ojos se adaptan a la oscuridad y de repente hay demasiada información disponible. Tres vampiros. Dos muchachas muy guapas, muy plásticas, con esa perfección de muñeca que en el mundo humano sería rara y en este mundo era una señal. Y un tercer vampiro ensombrecido, quieto en las sombras del fondo, observando el local con la parsimonia de alguien que tiene todo el tiempo del mundo y sabe que está cazando.

Benjamín se inclinó hacia Isaac.

— Esas dos de ahí — dijo en voz baja —. Busca otras minas, hermano.

Isaac lo miró. Miró a las chicas. Volvió a mirarlo.

— Ya. Okay.

Luis llegó del baño sacudiendo la cabeza.

— No está en el baño. No la vi en la barra. ¿Ustedes encontraron algo?

Nadie había encontrado nada. No había sala VIP. El bartender, consultado sobre el tema, fue preciso:

— Este after sigue hasta que se canse el último.

Luis preguntó por Yolanda. El bartender cobró la conversación — literalmente — haciendo un gesto apenas velado hacia la barra vacía. Luis compró una ronda de shots para todos, lo cual generó el efecto previsto: la gente lo celebró, alguien lo llamó Lulo, alguien más lo llamó Lula, y por un momento el bar entero era su familia.

El bartender se ablandó.

— Mira — dijo —, yo no soy copuchento. No me gusta ser chismoso.

Pausa.

— Pero me preocupa tu amiga. Se fue.

Luis esperó.

— Eso no es la pregunta correcta — dijo el bartender —. La pregunta correcta es con quién se fue.

Luis insistió.

— Solo te lo voy a decir porque me preocupa tu amiga — repitió el bartender, bajando la voz —. Se fue con una camioneta. Una chica con franela de rojo y negro. Yo pensaba que ella era de ella. Un mujerón que se la llevaba como si fuera su dueña.

Isaac abrió la boca. Luis lo cortó antes de que pudiera decir nada.

— Si no te cae bien, mejor cierra la boca. Ella los acogió. Conmigo ha sido de verdad que muy increíble. A lo mejor le estaba arreglando el sostén entre las minas.

Isaac lo consideró un momento.

— Ya — dijo —. Pero ojo, si la mina te está cagando, hermano, yo lao.

Benjamín intervino antes de que la conversación se convirtiera en algo peor.

— Estamos preocupados por ti. ¿Quieres ir a ver qué pasa? Vamos, te vamos a acompañar.

Luis lo pensó.

— Quiero ir a ver.

No sabían a dónde buscarla. El único punto de partida que tenían era el Loft.


Petyr: la cripta, 1541


Nueva Babilonia ardía. La cripta del Cerro Renca olía a sangre vieja y a miedo nuevo.

La memoria volvía a Petyr como el agua vuelve a una herida que no termina de cerrarse.

Estaba en la cripta del Cerro Renca. La misma cripta. La que usaba en el presente y la que usó esa noche de 1541, cuando Nueva Babilonia ardía a su derecha y el cielo entero era un incendio y el mundo que había conocido desaparecía en llamas con esa tranquilidad brutal de lo inevitable.

A sus pies yacía Fray Hernando de la Noche.

Flácido. Exánime. Sin emitir ningún sonido ni ningún movimiento.

Petyr se arrodilló a su lado y lloró una lágrima de sangre.

No había vocabulario útil para lo que veía. Tiró inteligencia + ocultismo para encontrar algún diagnóstico, algún protocolo, alguna regla del mundo vampírico que le dijera qué hacer. Cero éxitos. Lo que había era lo que había: su sire con todo el cráneo fracturado en diagonal, pedazos de cerebro asomándose en las heridas más profundas, el brazo derecho cercenado desde el antebrazo hacia abajo, numerosas fracturas distribuidas por el cuerpo, y un pedazo arrancado del costado como si algo de dientes muy grandes lo hubiera mordido y tirado.

Fray Hernando no se movía. No respiraba.

Galaz no estaba. Petyr se lo había entregado a Gael — había sido el precio de salvar a su sire, entregar al aliado al enemigo — y Gael se lo había llevado sin siquiera mirarlo, absorto en la visión del otro Nosferatu destrozado entre sus brazos. Un intercambio. Una traición que no era traición o era la peor clase de traición, dependiendo de desde dónde se mirara.

Lo que Petyr sabía — lo único que sabía con certeza — era que los vampiros no morían fácilmente. Podían entrar en letargo: esa vida inanimada donde el cuerpo no es consciente ni capaz de moverse, pero tampoco termina de apagarse. Una muerte que no era muerte. Una espera.

Fray Hernando estaba en letargo. Necesitaba sangre.

Petyr salió.

La escarpada colina del cerro se abría ante él en la noche con la ciudad ardiendo abajo, ese temor reverencial atávico que produce ver algo enorme destruyéndose. Tiró supervivencia + destreza. Dos éxitos. Encontró a una mujer con la mitad del cuerpo quemado que escapaba con un joven muchacho por entre las llamas. La mujer tenía un ojo quemado y no podía ver bien. El niño tenía la cara manchada de hollín.

Petyr se abalanzó hacia el niño — no para atacarlo, solo para espantarlo. El niño salió corriendo. La madre, ciega a medias, trató de agarrarlo, tropezó, cayó frente a Petyr.

— Tranquila — dijo Petyr —. El niño está bien. Sígueme. Yo te ayudaré.

Manipulación + subterfugio. Dificultad 8. Dos éxitos. La mujer desesperada, medio ciega, medio quemada, lo siguió.

La llevó a la cripta. La mordió en el cuello — un punto de sangre para él, lo suficiente — y después la puso sobre la boca de Fray Hernando.

La boca se movió levemente. Espasmódicamente. Se fue llenando de sangre hasta desbordar por las comisuras.

Petyr esperó.

Con paciencia — esa paciencia específica y fría que solo tienen los seres muy viejos o los seres que han aprendido a no esperar nada — vio cómo los miembros de Fray Hernando empezaban a regenerarse. Piel creciendo alrededor del muñón del brazo, lenta pero visible. La sangre desparramada por el suelo del costado absorbiéndose en una regeneración que era milagro y horror a partes iguales.

El narrador le pidió la tirada de humanidad. Dificultad 8. Secuestrar a una mujer herida para alimentar a su sire era un acto moralmente complejo y el sistema no era sentimental al respecto.

Petyr justificó: la mujer iba a morir de todas formas. El niño había escapado.

El narrador consideró la justificación y la aceptó. No perdía punto de humanidad.

Entonces escuchó la voz.

Venía de la entrada de la cripta. Una silueta se recortaba en el umbral estrecho, apenas visible, el cuerpo en sombra contra el resplandor del incendio afuera.

— Déjalo morir. Ese hijo de puta nos ha cagado la vida demasiadas veces. Déjalo morir o te voy a tener que matar a ti.

Petyr miró hacia arriba. No alcanzaba a distinguir la cara. Pero la voz — poniéndole atención — la reconocía.

La identidad quedaría para después.


Adam: el olor a muerte en el hospital


Un vampiro inmortal ante la muerte que no puede detenerse

Adam despertó en su taller con demasiadas cosas encima.

La réplica que debía valer veinte millones y que miraba con la certeza íntima de que no valía lo suficiente. La rosa del cuadro de Midnight que le había robado el tiempo de la noche anterior. La sensación de que llevaba días sin hablar con Luis. Y por debajo de todo, como una espina que atravesaba la garganta desde el pecho hacia arriba, la urgencia de ir al hospital.

Recapituló en voz baja, con esa narración interior de primera persona que era su forma de sostener la coherencia de ser quien era:

Si quiero mantener mi humanidad, necesito mantener los recuerdos y mantenerme apegado a ellos. El tiempo pasa endemoniadamente rápido, más de lo que pasará para mi hermano, más de lo que pasa para mi madre. Y sobre todo mi madre, que tal vez le queden días. Que para mí pasarán en segundos.

Tomó la cámara Polaroid. Fotografió sus obras — incluyendo la de la fuente — y guardó las fotos en una carpeta dentro de la mochila. Se peino en la oscuridad del taller, en lo poco que podía verse, y salió.

El hospital estaba cerrado excepto la recepción de emergencias. El horario de visitas era de tres a cinco de la tarde, y eran las horas de la noche. La recepcionista fue precisa: no, por supuesto que no había excepciones.

Adam gastó un punto de sangre. Gastar sangre para parecer más convincente, para que el cuerpo irradiara esa calidez que los vampiros perdían con la muerte. Y entonces se inclinó — las manos temblorosas, la mirada sumida en tristeza y desesperación, la postura de alguien que probablemente no pueda volver a ver a su madre más si no lo hacía ahora mismo. La recepcionista lo miró. Lo volvió a mirar.

— Oh, Dios mío, por favor, discúlpame, dulce príncipe. Mira, no le cuentes a nadie, pero si subes por este ascensor puedes encontrar a tu madre.

Adam puso el dedo en sus labios — silencio — y se retiró tan silencioso como había llegado.

Subió tres pisos por el ascensor del personal. Encontró la habitación.

Cinco personas más. La mayoría ancianos. El olor a muerte era tan fuerte que le repelió el hambre — una forma extraña de gracia, esa, que el cuerpo dejara de necesitar cuando el ambiente era demasiado saturado de lo mismo.

Su madre estaba claramente desahuciada. Esquelética. Parecía treinta años más vieja de lo que era la última vez que la había visto. A su costado, un ramo de flores marchito y un par de fotografías.

Adam no se dio vuelta a mirarla de inmediato. Observó primero ese bodegón de flores y fotos sobre la mesita de noche, tan lastimero como la situación misma, pero con cierta belleza en las flores marchitas — representaban justamente a la persona que acompañaban.

Tomó las flores. Las acomodó. Les puso agua nueva.

Acomodó las fotos viejas de cara a ella para que si abría los ojos las tuviera disponibles a su rabillo. Las fotos nuevas que había traído las dejó en una pila — una leve esperanza de que recobrara fuerzas para verlas ella sola.

No atreverme a verla significa no encarar la muerte. Una muerte que yo no voy a alcanzar.

Se giró. Tomó su mano. Tiró empatía + carisma. Dos éxitos. Le mostró las fotos contándole anécdotas, con esa voz que él había decidido mantener, esa calidez fabricada a partir del esfuerzo consciente de no volverse del todo frío.

No hubo respuesta.

La boca de su madre estaba abierta. Las cuencas de los ojos se volvían cada vez más negras, delineando el cráneo por debajo de la piel. Ningún movimiento mientras Adam le mostraba las fotos. Ningún signo de que algo de lo que decía llegara a alguna parte.

Los dados habían fallado. Pero la escena fue peor por eso, no mejor.


Lunaria: el ritual de los espejos rotos


Las velas y los fragmentos de espejo convirtieron el sótano de Lex en otro tipo de lugar

Lunaria volvió al refugio de Lex con lo que había comprado: desodorante ambiental, incienso de copal, un galón de agua limpia y un paquete de velas blancas.

El copal primero. Que se impregne el aire de otro aroma que no fuera sangre.

Luego dispuso el ritual en el centro de la habitación que había limpiado:

Los pedazos de espejos rotos en media luna frente a ella. Tres velas en cada esquina. El incienso ardiendo. Un vaso con agua limpia en el centro de los vidrios. Los cerillos de Artes — los fósforos que le había dado Lex, los mismos con los que Artes había encendido el primer cigarro después de convertirlo, el objeto que tenía más resonancia posible del hombre que buscaban — a un lado del vaso. La bufanda de Matías que le había dado Blake.

Se sentó de piernas cruzadas. Guardó silencio. Esperó a que el ambiente quedara liviano.

Empezó a recitar.

— Objeto, guarda tu huella. Que mi intención encuentre tu rastro. Que lo oculto se aclare y el camino me guíe y me muestre dónde encontrarte.

Las palabras en modo mántrico. Los ojos cerrados. Las manos rodeando las llamas de las velas, generando un juego de luces y sombras que se multiplicaba en los espejos rotos — docenas de medias lunas de luz refractada, docenas de ángulos distintos del mismo cuarto, del mismo ritual, de la misma mujer recitando.

Llevó la punta de los dedos al borde del vaso y lo hizo caer.

Los vidrios se mojaron. El agua se extendió por el suelo sucio. Las luces de las velas se reflejaron en el agua, en los fragmentos de espejo, en todo a la vez, y la visión se distorsionó.

Percepción + empatía. Dificultad 9. Fuerza de voluntad. Dos éxitos.

Entre la confusión de luces y ángulos y reflejos, Lunaria vio: una estación de metro en construcción. La reconoció sin necesitar nombre — Barrio Yungay, debajo de la Plaza Brasil. Una construcción que no se sabía bien si era de metro o de desagüe, pero con un túnel amplio. Estaciones antiguas, aparatos viejos que no correspondían a ninguna obra nueva. Abandonado y construido a la vez, como si el tiempo se hubiera confundido ahí dentro.

Artes estaba ahí.

Salió del ritual con esa información adherida a los ojos como una película, ese tipo de visión que se puede revisar durante horas. El sótano olía a copal. El desodorante ambiental había hecho su trabajo con los aromas de encima. Pero ella sabía que si se agachaba y olfateaba el suelo, el olor a putrefacción seguía ahí, tapado, esperando.

Como todo lo demás en este lugar.


Yolanda


Yolanda — lo que había sido y lo que ya no era

Cuando Benjamín, Isaac y Luis llegaron de vuelta al Loft, la noche ya estaba avanzada.

La puerta estaba abierta.

No entreabierta. Abierta. Como si alguien hubiera entrado sin detenerse, o salido sin recordar cerrar, o ninguna de las dos cosas.

Luis entró primero.


La foto a contraluz — tomada en mejores noches, antes de que todo cambiara

La encontraron en el espacio del taller, entre los lienzos y las cajas y los materiales que Luis había ido acumulando durante meses. Estaba de pie pero no parecía estar de pie del modo en que los humanos están de pie. Era la postura de alguien cuyo cuerpo se sostiene pero la persona que lo habitaba hace tiempo que se fue a alguna parte oscura y no volvió.

Tenía la ropa del día anterior. Los ojos muy abiertos y muy quietos, como los de un animal que no termina de decidir si va a atacar o a huir. La piel de ese color que no era palidez sino vaciamiento.

Luis dijo su nombre.

Yolanda no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, la voz era rara — no enferma exactamente, sino calibrada de otra manera, como si hubiera tenido que recordar cómo funcionaba la voz de alguien humano.

— Luis.

Benjamín se quedó quieto en el umbral. Olfateó el aire sin que nadie lo viera hacerlo. Lo que encontró no le gustó.

Sobre la mesa, entre los materiales de Luis, había una fotografía a contraluz — una de las que Isaac había tomado semanas antes, Benjamín y Luis con la luz anaranjada del taller por detrás, las siluetas recortadas contra esa hora de la tarde que ya era pasado. Una foto en la que todavía nadie sabía lo que iba a pasar después.

Yolanda la tenía en la mano.


Yolanda en el taller — algo en ella había cambiado para siempre

Luis dio un paso hacia ella. Benjamín extendió el brazo sin hacer ruido, sin llamar la atención — un gesto que decía espera con toda la urgencia que una mano silenciosa puede transmitir.

— Yolanda — repitió Luis, más despacio.

Ella lo miró. Algo en sus ojos parpadeó — no literalmente, sino en el modo en que cambia la profundidad de una mirada cuando algo que estaba dormido se despierta.

La foto cayó al suelo.


Personajes presentes

  • PCs: Lunaria (limpia el refugio, encuentra los restos; ritual exitoso — localiza a Artes), Benjamín (Bar Sakuragi, detecta tres vampiros con ocultismo + percepción 3 éxitos), Petyr (flashback 1541 — alimenta a Fray Hernando con una mujer quemada, la regeneración comienza), Adam (visita a su madre moribunda en el hospital — sin respuesta)
  • NPCs: Luis (busca a Yolanda en el Bar Sakuragi, compra rondas, defiende a Yolanda con fiereza), Isaac (acompaña a Benjamín con la camisa ranchera dorada), Bartender del Sakuragi (acento venezolano, revela que Yolanda se fue con una mujer de franela roja y negra que "se la llevaba como si fuera su dueña"), Fray Hernando (letargo — cráneo fracturado en diagonal, antebrazo faltante, mordedura en el costado, regeneración lenta con sangre humana), voz misteriosa ("Déjalo morir o te voy a tener que matar a ti"), madre de Adam (desahuciada, esquelética, sin respuesta a fotos ni anécdotas), Yolanda (de regreso al Loft, cambiada)

Lugares

  • Refugio de Lex — bodega subterránea, centro de Nueva Babylon. Huesos, sangre coagulada, uña humana incrustada en el concreto. Olor a putrefacción que no abandona los dedos en días
  • Bar Sakuragi — after nocturno. Bartender venezolano, tres vampiros detectados (dos mujeres visibles, uno ensombrecido en las sombras)
  • Cripta del Cerro Renca, Nueva Babilonia, 1541 — Fray Hernando en letargo, ciudad ardiendo al fondo, regeneración con sangre de una mujer quemada
  • Hospital — habitación compartida, cinco pacientes, olor a muerte tan denso que repele el hambre vampírico
  • El Loft — puerta abierta, Yolanda de regreso, la foto a contraluz en el suelo

Desarrollo de trama

  • Lunaria descubre los restos de víctimas de Lex: huesos con carne carcomida, manchas de sangre en constelación, uña humana arrancada y aún húmeda en la pared. El olor le dura días en los dedos
  • Ritual de Lunaria exitoso (percepción + empatía, dificultad 9, 2 éxitos): visión de una estación de metro en construcción bajo la Plaza Brasil, Barrio Yungay. Ubicación de Artes
  • El bartender del Sakuragi revela: Yolanda se fue con "un mujerón de franela roja y negra que se la llevaba como si fuera su dueña" — no un hombre, una mujer
  • Benjamín detecta tres vampiros en el bar con 3 éxitos en ocultismo; evita que Isaac se acerque a las dos visibles
  • Luis compra rondas para sacar información (carisma + etiqueta, 2 éxitos); defiende a Yolanda con fiereza cuando Isaac insinúa algo
  • Petyr 1541: Fray Hernando en letargo con cráneo fracturado, antebrazo faltante, mordedura en el costado. Petyr caza a una mujer quemada para alimentarlo. La regeneración comienza lentamente
  • Voz misteriosa en la cripta: "Déjalo morir, ese hijo de puta nos ha cagado la vida demasiadas veces. Déjalo morir o te voy a tener que matar a ti"
  • Adam visita a su madre moribunda — desahuciada, esquelética, sin respuesta a fotos ni anécdotas. Los dados fallan pero la escena pesa más por eso
  • Yolanda ha vuelto al Loft. Algo en ella ha cambiado. La foto a contraluz de Benjamín y Luis cae al suelo

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